Si, como decía Marcel Proust de los novelistas, los pintores tuviesen memoria selectiva, la de Mansanet (1956) sería la memoria de un noctámbulo. Sus referencias tienden a la noche de una manera casi obsesiva: la fiesta del rock, el rock en la Fiesta, las terrazas, los tejados madrileños, los conciertos, Pérez Villalta, Gordillo, Alcolea, el comic y el aire de un fin de siglo austriaco revisitado surgen inevitables al contemplar su obra. Modificando el tópico que podría hablar de “sexo, noche, pintura y rock”; porque la noche y la música son los polos que determinan temas y tratamientos, sin que por ello estemos ante una pintura que se agote en laposible condición “moderna” de su autor. Nada más

lejos de Mansanet que el freno, la copia o la mesura, a los que opone el riesgo y la búsqueda de una solución distinta a cada problema sin menospreciar la coherencia del conjunto. Su primera exposición individual (Galería Sen) es explícita al respecto: salvo los cuadros de la serie “La Luna”, ya expuestos en una colectiva anterior, el bloque es homogéneo dentro de su diversidad. La fuerza y el descaro definen unos retratos cuyo irónico trazo recuerda el de Alcolea, aunque les diferencie la utilización del color e inclusive el planteamiento: la afinidad encierra su propia distinción. Un interior o una escena en la terraza le exige una ordenación diferente del espacio, problema de primer orden y tal vez uno de los hilos conductores de su pintura. En este aspecto conoce -y bien- los recursos de Pérez Villalta, que aprovecha como punto de partida para posteriores derivaciones. La revisión del fin de siglo vienés a la que nos referíamos al principio (el olvidado Schiele pero también Kubin o Klimt) la encontramos en obras

de dibujo suelto y rápido con rasgos peculiares de gran efectividad (a falta de marco los límites de la tela poseen un grueso contorno negro que define el campo pictórico, lo encierra y realza, intensificada, la acción). Aspectos de un único impulso: detener lo efímero, el instante cargado de recuerdos y emociones. Y éste es el detonante que pone en marcha el proceso de referencias cuando recordar nombres delante de una

pintura como la de Mansanet puede resultar engañoso y ocultar en parte unos logros evidentes en cuanto a la utilización del color, la resolución del espacio o la propia fuerza del dibujo, sin olvidarnos del efecto final de imagen vivida que encontramos en cada cuadro. Sobre esos puntos descansa el peso de una obra entre cuyas virtudes quizá no sea la menor el hecho de que, centrándose en una temática proclive al reflejo falto de

pintura, sea ésta precisamente la que se ofrezca con generosidad. Y a eso no estamos muy acostumbrados.

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